martes, 17 de julio de 2012

Guía para sobrevivir a la adolescencia de su hijo



Guía para sobrevivir a la adolescencia de su hijo
Usted ya ha sobrevivido a tener que levantarse a las 2 de la madrugada para alimentar a su hijo cuando era un lactante, a las rabietas de cuando tenía 2 años y a las protestas de hoy-no-quiero-ir-al-colegio propias de la etapa escolar. Entonces, ¿por qué la palabra "adolescencia" le provoca tanta ansiedad?
Si consideramos que la adolescencia es un período de intenso desarrollo, no solo físico, sino también moral e intelectual, es comprensible que sea una etapa tumultuosa y confusa para muchas familias.

A pesar de las percepciones negativas que tienen algunos adultos sobre los adolescentes, estos a menudo son enérgicos, considerados, idealistas y tienen un gran interés por lo que es justo y correcto. De modo que, a pesar de que puede ser un período conflictivo entre padres e hijos, la adolescencia también es un período para ayudar a los chicos a madurar y convertirse en los definidos individuos que serán en el futuro.
Entender la adolescencia
 Pero, ¿cuándo empieza exactamente la adolescencia? El mensaje que hemos de transmitir a nuestros hijos es que todo el mundo es diferente. Hay niños que hacen el cambio muy pronto y niños que lo hacen muy tarde, unos que maduran a la velocidad de la luz y otros que lo hacen lenta pero paulatinamente. En otras palabras, existe un amplio abanico de posibilidades sobre lo que se considera normal.
Pero es importante establecer una distinción (aunque un tanto artificial) entre la pubertad y la adolescencia. La mayoría de nosotros pensamos en la pubertad como en la etapa en que se desarrollan las características sexuales adultas: los senos, el período menstrual, el vello púbico y la barba. Estos son, desde luego, los signos más visibles de la pubertad y de la adultez inminente, pero los chicos que presentan estos cambios físicos (aproximadamente entre los 8 y los 14 años), pueden estar experimentando un montón de cambios que no se pueden percibir desde afuera. Estos son los cambios de la adolescencia.
Muchos niños dan muestras de que ya han entrado en la adolescencia al hacer un cambio drástico en la forma de relacionarse con sus padres. Empiezan a separarse de "mamá y papá" y a ser más independientes. Al mismo tiempo, los chicos de esta edad cada vez dan mayor importancia al modo en que los ven los demás, especialmente los demás chicos de su edad, e intentan desesperadamente "encajar" en el grupo y ser aceptados. Sus amigos se vuelven mucho más importantes, en comparación con sus padres, a la hora de tomar decisiones.
Los chicos de esta edad a menudo empiezan a "probar" cómo se sienten en diferentes apariencias físicas, estilos e identidades, y adquieren mayor conciencia de en qué difieren de los demás chicos de su edad y esto puede generar momentos de tensión y conflicto con los padres.
Rebeldes
Uno de los estereotipos más extendidos sobre la adolescencia es la del chico rebelde e indomable que lleva constantemente la contra a sus padres. Aunque esto puede darse en algunos casos y ésta es una etapa de altibajos emocionales, ese estereotipo no es representativo de la mayoría de los adolescentes.
Pero la principal meta de un adolescente es lograr la independencia. Para que esto ocurra, los adolescentes empezarán a alejarse de las figuras paternas, sobre todo del progenitor con quien hasta ahora habían mantenido una relación más estrecha. Esto puede ponerse de manifiesto en la tendencia de los adolescentes a discrepar de sus padres y a no querer pasar tanto tiempo con ellos como antes.
A medida que van madurando, los adolescentes empiezan a pensar de un modo más abstracto y racional. Se están formando su propio código ético, su propia escala de valores. Y los padres es posible que constaten que sus hijos, que antes tendían a conformarse para complacerles, de repente, empiezan a autoafirmarse (y a afirmar sus opiniones) con fuerza y a rebelarse contra el control paterno.
Tal vez sea un buen momento para que analice detenidamente cuánto espacio deja a su hijo para que sea un individuo y que se formule preguntas como: "¿Soy un padre controlador?" "¿Escucho realmente a mi hijo?" o "¿Permito que sus opiniones y gustos difieran de los míos?"
Consejos para educar a un hijo durante la adolescencia
¿Necesita un buen mapa de carreteras que le guíe durante ésta etapa? He aquí algunos consejos:
Edúquese
Lea libros sobre la adolescencia. Piense en su propia adolescencia. Recuerde su lucha contra el acné o la vergüenza que le daba estar desarrollándose "demasiado" pronto o "demasiado" tarde. Prepárese para los altibajos emocionales en un niño que antes era una castañuela y para tener cada vez más conflictos mientras su hijo madura como individuo. Los padres que saben qué les espera pueden afrontarlo mejor. Y, cuánto más sepa sobre la adolescencia, mejor se podrá preparar.
Hable con su hijo antes de que sea tarde
Hablar con un hijo sobre las poluciones nocturnas (sueños húmedos) o sobre la menstruación cuando ya haya tenido esas experiencias es llegar demasiado tarde. Responda a las primeras preguntas sobre el cuerpo que le haga su hijo cuando todavía sea un niño, como las diferencias entre chicos y chicas o de dónde vienen los niños. Pero no le sature con demasiada información; limítese a responder a sus preguntas. Si no conoce las respuestas, ayúdele a encontrar a alguien que las conozca, como un amigo de confianza o su pediatra.
Usted conoce a su hijo. Cuando constate que empieza a contar chistes sobre sexo o que se preocupa más por su aspecto físico, será un buen momento para que usted se lance con sus propias preguntas, como:
       ¿Has notado cambios en tu cuerpo?
       ¿Tienes sentimientos y/o sensaciones extrañas?
       ¿A veces te pones triste sin saber por qué?
La revisión médica anual puede ser una gran oportunidad para sacar a colación este tipo de cuestiones. El pediatra puede explicarles, a su hijo preadolescente y a usted, qué cambios pueden esperar en los próximos años. Puede utilizar el examen físico como punto de partida para mantener una conversación abierta con su hijo. Cuanto más retrase esa conversación, más probabilidades habrá de que su hijo se forme ideas equivocadas y sienta vergüenza o temor ante los cambios corporales y emocionales que irá experimentando.
Además, cuanto antes empiece a hablar abiertamente sobre estos temas, más probabilidades tendrá de mantener abiertos los canales de comunicación durante toda la adolescencia. Dele a su hijo libros sobre la pubertad escritos para chicos que están atravesando esta etapa. Comparta con su hijo los recuerdos de su propia adolescencia. Para tranquilizar a un chico, no hay nada como saber que "mamá o papá" también han pasado por eso.
Póngase en el lugar de su hijo
Practique la empatía con su hijo. Ayúdele a entender que es normal que esté un poco preocupado o cohibido y que también es normal que a veces se sienta "mayor" y otras como si todavía fuera un "niño".
Escoja sus batallas
Si su hijo adolescente quiere teñirse el pelo, pintarse de negro las uñas de los pies o vestir de forma estrafalaria, tal vez valga la pena que usted lo piense dos veces antes de oponerse. A los adolescentes les gusta sorprender a sus padres y es mucho mejor dejarles que lo hagan con cosas que son temporales e inofensivas. Guárdese las objeciones para las cosas que importan de verdad, como el tabaco, las drogas, el alcohol o cambios permanentes (e irremediables) en su aspecto.
Pregunte a su hijo por qué quiere vestirse o tener un aspecto dentro de una determinada manera e intente comprender cómo se siente. Es posible que también le interese comentarle cómo lo percibirán los demás: ayude a su hijo a entender como lo verán los demás cuando vista o se vea de ese modo.
Fije expectativas realistas
Es probable que a un adolescente le desagraden las expectativas que sus padres tienen sobre él. De todos modos, los adolescentes suelen entender y necesitan saber que sus padres se preocupan lo suficiente por ellos como para esperar determinadas cosas, como que saquen buenas notas, se comporten correctamente y respeten las normas de la casa. Si los padres tienen unas expectativas apropiadas, es más probable que los adolescentes intenten cumplirlas. Si usted no tiene unas expectativas razonables sobre su hijo adolescente, es posible que él sienta que no se preocupa por él.
Informe a su hijo y manténgase informado
La adolescencia suele ser una etapa de experimentación y a veces esa experimentación incluye comportamientos arriesgados. No eluda los temas relacionados con el sexo, las drogas, el alcohol y el tabaco; si conversa con su hijo abiertamente sobre estos temas antes de que se exponga a ellos, habrá más probabilidades de que actúe de forma responsable cuando llegue el momento. Comparta los valores de su familia con su hijo y hable con él sobre lo que considera correcto e incorrecto.
Conozca a los amigos de su hijo y también a los padres de sus amigos. La comunicación habitual entre los padres puede hacer maravillas para crear un ambiente seguro para todos los adolescentes que pertenecen al mismo grupo. Los padres pueden ayudarse los unos a los otros a hacer un seguimiento de las actividades de sus hijos sin que éstos se sientan vigilados.
Sepa identificar las señales de alarma
Que una persona experimente cierta cantidad de cambios es algo normal durante la adolescencia, pero un cambio demasiado drástico o duradero en la personalidad o comportamiento de un adolescente puede indicar que existe un problema real que requiere ayuda profesional. Esté pendiente de si su hijo presenta una o varias de las siguientes señales de alarma:
aumento o pérdida excesiva de peso problemas de sueño cambios rápidos y drásticos en su personalidad cambio repentino de amigos faltar a clase continuamente sacar peores notas hablar o, incluso, bromear sobre el suicidio indicios de que fuma, bebe alcohol o consume drogas problemas con la ley
Cualquier otro comportamiento inadecuado que dure más de 6 semanas también puede ser un signo de algún problema subyacente. Durante esta etapa, usted puede esperar que su hijo tenga algún que otro tropiezo en los estudios o en el comportamiento, pero un estudiante de notables y sobresaliente no debería de repente empezar a fallar, ni una persona que suele ser extrovertida debería aislarse de todo el mundo. En tal caso, el pediatra de su hijo, o bien un psicólogo o psiquiatra, podrían orientarle para encontrar la ayuda profesional adecuada para él.
Respete la intimidad de su hijo
A algunos padres, comprensiblemente, les cuesta mucho respetar la intimidad de su hijo. Sienten que todo cuanto hacen sus hijos es asunto suyo. Pero, para ayudar a su hijo a convertirse en un adulto joven, deberá respetar su intimidad. Si usted detecta señales de alarma de que su hijo podría tener problemas, entonces no tendrá más remedio que invadir su intimidad hasta llegar al fondo del problema. Pero, en caso contrario, deberá mantenerse al margen.
En otras palabras, el dormitorio de un adolescente, sus libros, sus correos electrónicos y sus llamadas telefónicas deben ser algo completamente privado. Tampoco debe esperar que su hijo comparta con usted todas sus ideas o actividades. Está claro que, por estrictos motivos de seguridad, usted siempre debe saber dónde está, qué está haciendo, con quién está y cuándo volverá su hijo, pero no necesita conocer todos los detalles. Y, por descontado, ¡no espere que le pida que le acompañe!
Empiece por la confianza. Deje que su hijo sepa que usted confía en él. Pero, si se rompe la confianza, su hijo deberá disfrutar de menos libertades hasta que la recupere.
Supervise lo que ve y lo que lee su hijo
Programas de televisión, revistas, libros, Internet; los chicos pueden acceder a un montón de información. Esté al tanto de lo que ve y lee su hijo. No tema fijarle límites sobre la cantidad de tiempo que puede pasar delante del televisor o de la computadora. Sepa qué aprende su hijo de los medios de comunicación y con quién se comunica a través de Internet.
Cuando están a solas, los adolescentes no deben tener un acceso ilimitado a la televisión o a Internet; ambas deberían ser actividades de carácter público. El acceso a la tecnología también se debería restringir a partir de determinada hora (por ejemplo las 10 de la noche) para favorecer una cantidad adecuada de horas de sueño. Es razonable prohibir el uso del teléfono móvil y la computadora a partir de determinada hora.
Establezca normas apropiadas
La hora a la que su hijo adolescente debe acostarse ha de ser la adecuada para su edad, como cuando era un bebé. Los adolescentes todavía necesitan dormir de 8 a 9 horas por la noche. Recompense a su hijo por ser una persona digna de confianza. ¿Respeta el "toque de queda" de las 10 de la noche los fines de semana? En tal caso, desplácelo hasta las 10:30. ¿Tiene un adolescente que participar siempre en las salidas familiares? Fomente que su hijo pase una cantidad de tiempo razonable con la familia.
Decida cuáles son sus expectativas y no se sienta ofendido cuando su hijo no quiera pasar tanto tiempo con usted como antes. Piense en su propia adolescencia: probablemente usted sentía lo mismo con respecto a sus propios padres.
¿Se acabará alguna vez?
A medida que su hijo avance por los años de la adolescencia, usted notará que disminuyen los altibajos emocionales propios de esta etapa. Y, al final, se convertirá en un joven independiente, responsable y comunicativo.
O sea que recuerde el lema de muchos padres que tienen hijos en edad adolescente: ¡Estamos pasando por esto juntos y también lo superaremos juntos!
Consejos de un adolescente a sus padres:

Es muy importante escuchar a los hijos, sobre todo si nos cuentan sus problemas. Una lista para reflexionar, pueden ayudar a mejorar la educación y la convivencia familiar.
             Estos consejos. Me parece que nos pueden hacer reflexionar para mejorar la educación de los hijos. He aquí una pauta que sirve para mejorar la convivencia en la familia.
             1. Trátame con la misma cordialidad con la que tratas a tus amigos. Que seamos familia no quiere decir que no podamos ser amigos también.
             2. No me des siempre órdenes. Si me pidieras las cosas, en vez de ordenármelas, yo las haría antes y de buena gana.
             3. No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer. Mantén tu decisión.
             4. No me des todo lo que te pida. A veces pido para saber hasta dónde puedes llegar.
             5. Cumple las promesas, tanto si son buenas como si son malas. Si me prometes un permiso, dámelo. Si es un castigo, también.
             6. No me compares con nadie, especialmente con mis hermanas o hermanos. Si me ensalzas, el otro va a sufrir. Si me haces de menos, quien sufre soy yo.
             7. No me corrijas en público. No es necesario que todo el mundo se entere.
             8. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces.
             9. Déjame valerme por mí. Si tú lo haces todo, nunca aprenderé.
             10. No mientas delante de mí. Tampoco pidas que yo mienta por ti, para sacarte de un apuro.
             11. Cuando haga algo malo, no me exijas que te explique por qué lo hice. A veces, ni yo mismo lo sé.
             12. Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá mi estima por ti, y yo aprenderé a admitir mis equivocaciones.
             13. No me pidas que haga una cosa que tú no haces. Aprenderé y haré siempre lo que tú hagas, aunque no lo digas.
             14. Cuando te cuento un problema no me digas “ahora no tengo tiempo para tus tonterías” o “eso no tiene importancia”. Trata de comprenderme y ayudarme.
             15. Quiéreme y dímelo. Me gusta oírtelo decir, aunque tú no lo creas necesario. Me agrada mucho.
                         Es muy importante escuchar a los hijos. Más todavía si nos cuentan sus problemas en su convivencia con nosotros. Seguramente cada uno tiene que darle vueltas a algunos de estos puntos. Muchos de ellos merecerían un programa aparte.

Un consejo a los Jóvenes.

1Ti 4:12 DHH Evita que te desprecien por ser jov

en; más bien debes ser un ejemplo para los creyentes en tu modo de hablar y de portarte, y en amor, fe y pureza de vida.



miércoles, 6 de junio de 2012

LA OBEDIENCIA DE LOS HIJOS DE LOS 6 Y LOS 12 AÑOS


 
La Desobediencia trae consecuencias.

Las Sagradas Escrituras nos dicen lo siguiente en Colosenses 3:20. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.
A los seis años de edad, un niño ya está capacitado para colaborar en casa, hacer algún que otro recado, empezar a responsabilizarse de sus cosas y gozar de cierto grado de autonomía. Es muy importante que desde ahora le inculquemos el hábito de obedecer y que no rebajemos planteamientos. De lo contrario, corremos el riesgo de ver cómo llega a la adolescencia sin que haya adquirido nunca la costumbre de hacernos caso. Desde ahora, garantizar un clima de armonía familiar depende, en gran medida, de la atención que le prestemos a este aspecto de su educación. 
 ¿Está adquiriendo nuestro hijo el mal hábito de la desobediencia?En algunas ocasiones la desobediencia es clara y rotunda: nuestro hijo se niega a cumplir nuestras órdenes de una forma explícita o hace, precisamente, lo que le hemos prohibido desafiando así nuestra autoridad. Este tipo de rebeldía es fácilmente detectable. Debemos estar alerta para actuar enérgicamente si se produce con excesiva frecuencia. Sin embargo, muy a menudo la desobediencia se expresa de una forma mucho más sutil y camuflada. Por ejemplo, cuando nuestro hijo:

  • hace como si no nos hubiera oído y se ampara luego en esta excusa para justificarse
  • repite que sí reiteradamente
para no tener que oírnos más pero no tiene intención de cumplir con la petición
  • busca excusas
del tipo: "No hago la cama porque llegaré tarde a clase", "no puedo ir a la compra porque ayer en clase de gimnasia me hice daño en el pie"
  • expresa su desobediencia mediante comportamientos exagerados, como cerrar de golpe la puerta, utilizar palabrotas, llorar…
  • está ocupado en una actividad más placentera que aquella que nosotros le estamos pidiendo
  • no oye realmente lo que le pedimos, porque está distraído en otra actividad. Debemos distinguir esta circunstancia de aquellas ocasiones en que hace ver que no nos ha oído
  • no comprende lo que le mandamos
  • está habituado a que nosotros acabemos haciendo por él lo que le pedimos
  • sabe que los padres repetiremos varias veces la indicación, antes de que él deba responder
  • Siempre que sea posible, en lugar de dar órdenes o hacer preguntas, ofrecer dos opciones para que nuestro hijo pueda escoger una. Por ejemplo, en vez de decirle "baja la basura" o preguntarle "¿quieres bajar la basura?", plantearle las opciones de: "¿qué prefieres, secar los platos o bajar la basura?".
  • Procurar no darle demasiadas instrucciones a la vez. Es mejor esperar a que obedezca una orden, antes de plantearle la siguiente.
  • La instrucción debe ser simple, utilizando pocas palabras. Es importante que sea comprensible para nuestro hijo y razonable para su edad. También es importante que sean peticiones específicas, es decir, que quede bien claro el comportamiento que debe seguir. Es mejor decir "a las seis intenta tener los ejercicios de matemáticas acabados y la lección de sociales estudiada, para poder ver tu programa favorito", que "acaba tus tareas escolares pronto".
  • Utilizar un tono de voz agradable. Es mejor si nos ponemos a la altura de nuestro hijo y le miramos directamente a los ojos (asegurándonos que él también nos mira).
  • Es importante que expliquemos a nuestro hijo las razones por las que le pedimos o le prohibimos que haga algo. Esta información deberá ser apropiada para la edad del niño.
  • Establezcamos rutinas.
A tu hijo le ayudará a obedecer el hecho de tener que hacer cada día lo mismo y a la misma hora (tirar la ropa a lavar después de la ducha, recoger la mesa, etc.). La cooperación acabará convirtiéndose en un hábito.
  • A partir de los 6 años los niños, en cierta medida, ya son más capaces de participar en la creación de las reglas. De esta manera, probablemente se sentirán más responsables y las comprenderán mejor. Este hecho contribuirá positivamente a que cumplan los mandatos. Por tanto, es importante que empecemos a dejarle negociar con nosotros las exigencias y las consecuencias de su cumplimiento o incumplimiento, escuchando sus razonamientos. Pero, en último término,      seremos nosotros los que decidiremos.
  • Para motivar a nuestro hijo para que cumpla aquello que más le cuesta, le daremos la indicación de manera positiva, explicándole que, cuando cumpla nuestro mandato, le ofreceremos un privilegio. Por ejemplo: "si ordenas tus juegos antes de la cena, jugaré contigo al ajedrez". Es importante que nosotros cumplamos con lo pactado.
  • A veces hay momentos en los que no podemos premiar inmediatamente a nuestro hijo o es mejor reforzar cada uno de los pequeños pasos que componen una conducta final. Un programa alternativo que puede ayudarnos a presentar el refuerzo desde un punto de vista diferente es el sistema de fichas o puntos.
  • Consiste en proponer a nuestro hijo previamente un objetivo a conseguir durante un periodo de tiempo determinado. Cada vez que actúe de acuerdo con nuestro objetivo, obtendrá un punto. Estos puntos se canjearán por una recompensa que se habrá establecido con anterioridad.
Premio a conseguir: Salir al cine una noche con nosotros, comer o cenar en un sitio de su gusto, invitar a un amigo a dormir a casa
Cómo conseguir los puntos: Si obedece a la segunda orden, un punto. Si obedece a la primera orden, dos puntos. Si a una hora concreta y estipulada se dispone por iniciativa propia a realizar una de sus tareas u obligaciones habituales (bañarse, sentarse a cenar, ponerse a estudiar…), cuatro puntos. Los puntos no se deben "regalar" pero deben ser fácilmente accesibles.
  • Es de suma importancia que, cuando haga lo que le pedimos, alabemos y elogiemos su comportamiento (felicitarlo, decirle lo contentos que estamos de lo que ha hecho, etc.).
  • Las consecuencias que seguirán a la desobediencia, deben quedar establecidas claramente de antemano. Podemos retirar un privilegio cada vez que no cumpla una exigencia. Por ejemplo, "cuando sigas jugando con el videojuego en vez de dejarlo para hacer otra cosa, te quedarás sin videojuego durante todo el día siguiente".
  • Comprobar
y asegurarnos que cumple con lo indicado para, después, poder aplicar las consecuencias apropiadas.
  • Aunque estemos enfadados con nuestro hijo, debemos explicarle con objetividad y serenidad las ventajas de obedecer y por qué es necesario restar privilegios cuando no lo hace. Aunque pueda parecer que no lo comprende, razonar con él y analizar las consecuencias      de su conducta le ayudará a ver más claro nuestro punto de vista y podrá prever futuras consecuencias en situaciones similares.
  • A veces el sentido del humor puede ayudarnos a solucionar situaciones muy tensas, sobre todo con nuestros hijos mayores. Por ejemplo, si insiste e insiste en justificarse para no llegar a la hora que le hemos dado podemos decirle: "Tienes razón, es mejor llegar tarde a casa. Llegar a la hora es una molestia. Es mejor llegar tarde un par de días y luego pasarse una semana sin salir pensando qué estarán haciendo tus amigos mientras tú estás en tu cuarto…"
  • Asegurémonos de que haya entendido la orden.
Escuchémosle con atención cuando intente dar una explicación. Si es una excusa que no nos sirve como explicación, utilizaremos la expresión "de todos modos". Por ejemplo, "ya sé que te gusta el programa de televisión que estás viendo pero de todos modos, quiero que pongas ahora la mesa porque ya es hora de comer". No hay que entrar en debate con él.

  • Si no obedece, sin discutir le retiraremosaquellos privilegios que habíamos establecido de antemano. Para que la estrategia funcione, es importante que los privilegios retirados sean      valorados por nuestro hijo. Y es fundamental que seamos constantes y no cambiemos nuestra posición. Si nuestro hijo de 10 años llega sistemáticamente tarde a casa perderá el privilegio de salir durante un período de tiempo establecido.
  • Tiempo fuera:
Cuando nuestro hijo desobedece "descaradamente" a pesar de reiterados avisos por nuestra parte, no perdamos el control.
Lo mandaremos solo, sin discutir ni reprochar nada, a una habitación o a un rincón donde no pueda entretenerse, durante un período breve de tiempo. Comprenderá que para mantener y recuperar sus antiguos privilegios es mejor obedecer a la primera. Le explicaremos claramente el motivo del aislamiento (cada vez que interrumpe cuando tú hablas por teléfono o cuando nunca encuentra el momento de hacer los deberes) y le avisaremos de las consecuencias de salir antes de acabar el plazo de tiempo (puede quedarse aislado más tiempo).
  • Lo mandaremos solo, sin discutir ni reprochar nada, a una habitación o a un rincón donde no pueda entretenerse, durante un período breve de tiempo. Comprenderá que para mantener y recuperar sus antiguos privilegios es mejor obedecer a la primera. Le explicaremos claramente el motivo del aislamiento (cada vez que interrumpe cuando tú hablas por teléfono o cuando nunca encuentra el momento de hacer los deberes) y le avisaremos de las consecuencias de salir antes de acabar el plazo de tiempo (puede quedarse aislado más tiempo).
  • Le retiraremos nuestra atención y le ignoraremoscuando conteste provocativamente a nuestras indicaciones o por ejemplo, se vaya cerrando de golpe la puerta. Puede ser que lo haga para que le hagamos caso, para llamar nuestra atención o porque de este modo consigue no obedecer (al menos, de momento). Siempre que ignoremos una conducta incorrecta de este tipo le estaremos motivando para no volver a repetirla. Dejaremos pasar un tiempo prudencial y repetiremos la orden, esta vez avisando de las consecuencias que tendrá el no cumplirla. Por otra parte, cada vez que se muestre colaborador deberemos reforzarle.
  • Si la desobediencia implica una acción peligrosa para nuestro hijo o para los demás (cruzar la calle sin mirar, romper objetos, etc.), mostrando expresión y tono de voz firme, le diremos: "¡no!" o "¡basta!”. Si es necesario, pararemos físicamente su acción. Luego, le retiraremos un privilegio.
"Ya te va a llegar" o "me las vas a pagar".

¿Por qué es desobediente nuestro hijo?
En ocasiones, los padres estamos más pendientes de nuestro hijo cuando se comporta de manera inadecuada, ya sea para regañarle o castigarlo, que cuando lo hace de forma correcta. Esto conlleva a menudo que los niños se nieguen a cumplir nuestras exigencias con el fin de llamar nuestra atención.
Alrededor de los 8 años de edad, es normal que los niños discutan todas las exigencias impuestas por sus padres. El motivo principal es que su capacidad de razonamiento se está desarrollando y, a menudo, la ponen a prueba con sus padres.
Otros factores que pueden estar motivando la desobediencia de nuestro hijo son que:
¿Cómo podemos actuar ante la desobediencia de nuestro hijo?
Existen unas recomendaciones que facilitarán la obediencia de nuestro hijo. Si las practicamos de manera constante, probablemente pocas veces nos veamos obligados a poner en práctica los consejos sobre qué hacer cuando nuestro hijo nos desobedece.
Antes de que nuestro hijo nos desobedezca:
Veamos un ejemplo.
Objetivo: que nuestro hijo obedezca a la primera cuando le llamamos para cenar.
Otro sistema divertido para conseguir puntos consiste en darle cada día, en el momento en que se levanta, una cantidad de puntos. A medida que transcurre el día debe evitar perderlos, es decir, cumplir con el objetivo le permitirá mantener el número de puntos mientras que desobedecer el objetivo de la semana hará que disminuya su batería de puntos. Al cabo de una semana, se sumarán los puntos mantenidos y se canjearán por el premio establecido (50 puntos: una tarde en un parque de atracciones, por ejemplo).

En el momento en que nuestro hijo nos desobedece:

 SECRETOS DE OBEDIENCIA 
Todo padre sueña con un recetario mágico que le diga cómo ejercer la autoridad para que sus hijos sean obedientes. 
Ese sueño se hace realidad gracias al psiquiatra uruguayo, Alexander Lyford-Pike, quien en su libro Ternura y Firmeza con los Hijos, explica que la educación que garantiza obediencia es la que equilibra justamente firmeza con ternura. El autor entrega a sus lectores trucos concretos y efectivos para lograr que los niños hagan lo que se les manda. A la hora de dar una orden, conozca qué debe procurar y qué evitar. 

 Siempre hay que…

Hablar claro: Consiste en expresar las órdenes de la forma más exacta posible. Para ello es importante utilizar un lenguaje adecuado, concreto y sin frases vagas e imprecisas. Por ejemplo: "Deja de molestar a tu hermana AHORA", "Quiero que te vistas YA para ir al colegio". Estos mensajes no dejan duda en los hijos sobre lo que se quiere que hagan y cuándo. "Pórtate bien", "sé bueno", puede no decirles nada. Además de ser importante lo que se dice, es fundamental la forma en que se hace: Evite los gritos. Es más eficiente un tono firme, pero calmado.
Mantenga la tranquilidad y siempre hábleles mirándolos a los ojos y con algún tipo de contacto físico como ponerle una mano sobre el hombro.
Cuando las órdenes tienen de parte del niño respuestas que conducen a una tonta discusión, es importante tener armas para no caer en ella. Por ejemplo, la mamá dice: "ordena tus juguetes ahora" y el niño responde "pero por qué yo si Pedro también jugó"… y empieza una discusión por el sentido de justicia de la madre, que finalmente hace que el objetivo inicial se diluya. Para que esto no suceda, Lyford-Pike propone distintas técnicas, como la del disco rayado. Ésta consiste en repetir la orden sin oír argumentos. 
"Pero mamá…" "Sí, ya lo sé, pero ordena tú los juguetes ahora" "Pero...” "No me importa, ordena tú los juguetes ya". Esto es muy útil pues el niño ve que en la discusión no tendrá éxito y termina por ordenar.
Finalmente, hablar claro implica también saber como padres reconocer las buenas conductas. Elogiar las buenas reacciones es clave para asegurar las próximas. ¡Qué bien lo hiciste! ¡Te felicito! son exclamaciones que no deben ser dichas al pasar, sino deteniéndose y con mucho énfasis.
Respaldar las palabras con hechos: Cuando la comunicación con palabras no logra aún el objetivo deseado es muy válido aplicar un castigo. Para esto lo principal es asegurarse de que la orden esté bien dada y si se sabe que habrá resistencia pensar de antemano un castigo en proporción.
Las acciones disciplinarias más eficaces son: El aislamiento, es decir, separarlo del resto y dejarlo en una situación aburrida o poco estimulante; y el retiro de privilegios: ver televisión, usar el teléfono, salir con los amigos…
Es importante presentar el castigo como opción, es decir, "o te comes la comida inmediatamente o te vas a tu pieza", pues así el propio niño tiene la posibilidad de terminar con su mala conducta. La medida disciplinaria debe ejecutarse lo antes posible, ya que la demora disminuye su efecto correctivo.
Además, es fundamental después de que el niño haya cumplido su castigo perdonar y olvidar. Recordarle mil veces lo que hizo no tiene sentido. Por último, es clave evitar amenazas con castigos impracticables y no olvidar recompensar con privilegios o premios las conductas que lo ameritan.
Establecer las reglas del juego: Es la respuesta sistematizada de los padres a la conducta inadecuada de los hijos. El establecimiento anticipado de las reglas y el cumplimiento de ellas le informa a los niños, que tal conducta provocará inevitablemente tal respuesta específica de los papás.
Jamás hay que…
Dar respuestas inseguras: Una respuesta es insegura cuando no le transmite al niño en forma precisa, fácilmente comprensible y firme lo que se espera que haga. Ejemplo de esto son las afirmaciones inefectivas que sólo recalcan el mal comportamiento, pero que no dan claramente la orden: "Te pedí que ordenaras tu pieza y todavía no lo haces, no me haces caso". Esas quejas sólo diluyen la instrucción y le quitan fuerza, dejando margen para que el hijo la ignore. Es también una orden insegura la que se hace en forma de pregunta: "¿Cuántas veces te he dicho que ordenes?".
Esta pregunta es ineficaz, pues sólo transmite el disgusto de la madre sin expresar autoridad o guía. Obviamente ella no espera que el niño le conteste "necesito que me lo digas diez veces".
Por eso la mejor afirmación en este caso sería: "Ordena tus juguetes inmediatamente". El ruego también es una forma de mandar insegura. "Por favor, anda a acostarte que estoy muy cansada", son órdenes que nunca son razón suficiente para que el niño deje de hacer lo que está haciendo porque no entiende ni dimensiona la súplica de su madre.
Por el contrario, transmiten una imagen paterna de fragilidad y debilidad que induce a la desobediencia. Por último, dentro de este punto y muy común como reacción poco efectiva es la ignorancia de la desobediencia. Dar una orden sin verificar que se cumpla y dejar que el niño siga en lo suyo, es como decirle: "Tengo que darte esta orden…, pero si no me haces caso, no te preocupes, lo hago yo y no te pasará nada".
Dar respuestas hostiles: La hostilidad o la agresión son también un tipo de respuestas que no logran que el niño haga lo que se le manda. Las órdenes con agresividad, son una forma equivocada de autoritarismo que demuestran la desesperación de los padres y hacen que el niño se sienta rechazado. Ejemplo de este tipo de reacción son las formas de disminuirlo con frases como "me vuelves loca", "me enfermas", "eres un desastre". También las amenazas sin contenido:
Además la agresividad poco efectiva se demuestra en castigos excesivos no proporcionales a la mala conducta. Éstos, generalmente surgen como una medida de desahogo de los padres que es poco efectivo. Finalmente, el castigo físico como los tirones de pelo, pellizcones, empujones o golpes son ineficaces en los niños. Por lo demás, si la obediencia es por sumisión atemorizada, el mensaje fracasó, pues el niño debe obedecer porque entiende que así debe hacerlo y no por susto. Porque lo dice su padre que lo quiere y que sabe lo que es bueno para él.
Como Padres sabemos las terribles consecuencias de la desobediencia, por lo tanto estamos en el deber de corregir a nuestros hijos a temprana edad. La Biblia Dice: Pro 29:17  Corrige a tu hijo y vivirás tranquilo y satisfecho. (Biblia Lenguaje Sencillo) DHH. Corrige a tu hijo y te hará vivir tranquilo, y te dará muchas satisfacciones.